jueves, 16 de mayo de 2013

The monsters... make weird things.




El joven corría y corría, notaba cómo el sudor le empapaba la ropa y cómo el largo pelo negro le tapaba la cara, pero el chico no paraba, porque necesitaba huir.
Huir de la muerte.
Así que corría, corría todo lo que podía, dado que la vida le dependía de ello, hasta que, de repente, algo se interpuso en su camino y acabó cayendo al suelo.
-Pe…pero… no… no puede ser… ¿¡CÓMO HAS CONSEGUIDO PILLARME?!-dijo el chico, mirando la figura que se mostraba ante él.
-Ya sabes lo que dicen de los monstruos… que hacen cosas raras.
El chico gritó y gritó, pero nadie lo oyó, dado que en ese solitario bosque no vivía nadie.
Excepto…


Abrí los ojos lentamente, oh dios, perfecto, estaba en una habitación desconocida, otra vez. Giré la cabeza y… sí, como temía, tenía una mujer desconocida al lado.
Otra vez.
La habitación en la que me encontraba era bastante lujosa, mira, eso sí que es una variación, me suelo despertar en habitaciones baratas de hoteles baratos y con mujeres aún más baratas al lado, pero esta vez estaba en una habitación amplia, con modernos muebles de diseño y un gran tocador con un precioso y gran espejo.
Me levanté, con cuidado de no despertar a la joven de largos cabellos rubios que dormía a mi lado y me miré en el espejo.
El pelo negro me caía despeinado por toda la cara aunque dejaba al descubierto dos ojos azules adornados con unas preciosas ojeras que yo ya estaba acostumbrado a ver.
Mi morena piel y mi musculoso torso desnudo también gozaban de unos preciosos arañazos como adorno, vaya, parecía que la tierna gacela con la que me había acostado anoche era un tigre en la cama.
Espera, espera, espera un segundo, me volví a mirar al espejo… sí… me faltaba algo.
Mi sombrero.
Mi corazón dejó de latir un segundo, mierda, ¿dónde había dejado mi sombrero?  Desgraciadamente mi sombrero no es un sombrero normal, es como… parte de mí, es como… el sexo sin los preliminares, como la vida sin música… no sé si me entendéis.
Miré por toda la habitación, debajo de mi ropa, de la suya, abrí armarios, cajones y… lo encontré, sí, debajo de la cama… ¿cómo cojones acabó ahí?
-Hmmmm, veo que ya te has despertado-dijo una sensual voz sobre mi cabeza- ¿listo para un segundo asalto, tigre?
Cuando salí de debajo de la cama (con el sombrero ya puesto, claro) una sensual mujer desnuda me esperaba de pie, deseándome con la mirada, jugueteando con mis calzoncillos. Así que hice lo que todo buen hombre haría.
-No, he quedado, así que devuélveme mis calzoncillos… o mejor, quédatelos, mira, de recuerdo-dije, mientras me ponía los vaqueros y la camiseta.
-Bien, no sabes lo que te pierdes-contestó la joven rubia, mientras me observaba con enfado.
-Sí, sí que lo sé y… tampoco estuviste tan bien-dije, justo antes de salir corriendo de la habitación, mientras oía los insultos y las injurias de la chica que acababa de dejar plantada.
Al salir de casa me ubiqué, bien, estaba en el barrio moderno de Hinivia, así que con coger un taxi llegaría en unos 10 minutos a la cafetería de siempre.
-Buenos días-dije, al entrar en “Kings and Queens” nuestra cafetería favorita.
Era un lugar acogedor, en pleno centro de Hanivia, no era muy grande, solo había cinco mesas con sus correspondientes sillas, un par de sillones y la barra, pero a nosotros nos encantaba.
-Dios mío Aham, llegas más tarde que de costumbre-me dijo Anna, la simpática dueña del local- anda, tira a la mesa de siempre, te están esperando.
Y eso hice, me senté en mi sitio de siempre, en la mesa de siempre y saludé a los que ya estaban allí, tomando lo de siempre.
-Emmmm, siento llegar tarde- dije, aunque no me esforcé lo más mínimo en disimular que no me arrepentía en absoluto.
-No pasa nada, supongo que estarías entre las piernas de alguna ramera barata, para variar- contestó Mary, encadenando una larga risa a su comentario.
Mary era una chica muy guapa, no muy alta, con un largo pelo castaño y unos grandes y preciosos ojos almendrados. Vestía con una camiseta que dejaba al descubierto su hombro y unos “shorts” totalmente normales en ella cuando llega el calor, aun teniendo 21 años, la chica aparentaba menos. Era de constitución delgada, aunque no esquelética, y tenía unas largas piernas fibrosas que demostraban su gran afición a todo tipo de deportes.
-Espero que hayas usado protección, pedazo de bestia, cuando la última vez me dijiste que no casi me da un ataque- intervino Harry, con su habitual media sonrisa.
Harry era un chico de complexión fuerte y atlética, tenía un pelo rubio, casi del color del platino, y unos increíbles ojos verdes, siempre llevaba una camisa con corbata y unos pantalones vaqueros (siempre largos, consideraba los pantalones cortos “poco elegantes”) y una barba de dos días presente en su cara.
-Sí, bueno, no sé, estaba muy borracho-respondí, rascándome la cabeza, totalmente confundido.
-Para variar-dijeron los dos al unísono.
Nuestras risas llenaron la cafetería.

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